Intenté
recorrer las calles en tu búsqueda…
fueron
horas, días, y, tal vez,
hasta
años enteros buscándote.
Perdí el
cabello, la vista, hasta el sueño…
Mi piel
se cuarteó como la tierra sedienta,
ante la
escasez de lluvia en verano.
Y mis
hombros…
antaño
fuertes y duros; se hundieron.
Nada me
queda ya para desear,
seguir
viviendo…
si
acaso, hasta respiro o inhalo…
sin
quererlo o desearlo.
Me voy
de esta soledad...
huyo de
esta eterna compañera,
fiel
reflejo de mis “no puedo”
Siempre
irreverentes, zafios
y hasta…
estúpidos.
Tan
estúpidos, profundos y ciegos
como lo fue el repetirlos hasta la saciedad,
días tras días…
sí, sin desearlo pero, sin querer obviarlos.