Ya no hay luz en sus ojos,
sus piernas se van cansando,
ya no recuerda y ni piensa
sus pensamientos se van apagando…
En la oscuridad de sus años,
a quienes una vez trajo al mundo,
apenas esbozados quedan en su mente,
para instantes después… olvidarles
en los oscuros vericuetos de su cerebro.
Camina a tientas… casi a trompicones,
doblándosele su escuálido cuerpo,
mientras le bailan los huesos
y su mente se pierde para sus adentros.
Ya no me sonríen sus ojos,
sus labios al reír parecen huecos,
cómo si perdida estuviera y naufragara…
¡en un inmenso mar desierto!
¡Madre! ¿No me escuchas?
mi boca te grita desde dentro,
golpeando a este necio corazón,
escondido en esos profundos lugares…
¡dónde duerme el sentimiento!
¡Maldigo la enfermedad!
ésa que te supo llevar presa,
y te llevó huida hasta los confines
de una soleada tarde,
dónde, quizás viste el mar…
Y allá… te guardaste y recogiste tus naves.