Imagen obtenida de Internet
Bajo la atenta mirada de mi enamorada,
persigo cual ingrato confesor la gracia impuesta
y sin origen de
aquel que nos brindó la vida y a la vez, dolor.
Mi enamorada, mujer grácil y confesa,
virtuosa y bien amada,
lúcida hasta perderse tras la estrella,
estrella luminosa y brillante de su perseguidor.
Me mira, me sonríe y es grata y halagüeña
su tierna y dulce mirada,
desprovista de rencor o resquemor.
Ella vive su amor sin dobleces,
castigada en parte, por su
condición inequívoca
de mujer madura y con las espaldas sobrecargadas.
Lesión dolosa sin duda de cuánto ella, me amó.