sábado, 18 de febrero de 2012

La miré silencioso... ¡qué belleza de labios y que ansias en mí despertaron un día!

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Puse una rosa en su pecho,
su piel rosada hoy, palidecida,
aunque tersa, tenue y deslucida.

Agaché mi torso,
venciéndome sobre su rostro de mármol frío.
La miré silencioso... ¡qué belleza de labios
y que ansias en mí despertaron un día!


Los acaricié con mis labios, temblando
en mudo y lacónico beso de despedida...
en una jamás olvidada mañana deslucida.


Trémulas y furtivas...
rodaron las lágrimas por mis mejillas,
convertidas hoy éstas en lava volcánica
al verla allí tendida.


¡Qué odioso corazón!
me latía ruidosamente en el pecho mientras ella...
yacía allí, en nuestro lecho, pálida, silenciosa y... fría.