sábado, 12 de julio de 2014

Ella, al fin, era la tierra, siempre fértil, siempre caprichosa


Imagen obtenida de Internet



Me aproximé a su cuerpo, hasta casi rozarlo,
nuestra piel se hizo gemido, se aderezó como un rico manjar 
esperando a ser saboreado y deglutido...

Nuestros sentidos se alteraron, dando suspiros,
pidiendo más aproximación y roces.
Al fin, nuestros cuerpos, dando brincos sin sentido,
se abrazaron  y enlazaron revueltos como niños.

Incrusté mi carne entre sus pliegues sonrosados,
sin esperar a que sus ganas me lo exigieran...
logrando arrancarle gritos de la raíz a las sienes.

Me convertí entonces en la lava ardiente
que navegaba ardiente y agitada por sus entrañas,
viscosa y abrasiva, quemaba buscando una salida.

Ella, al fin y al cabo, era mí tierra, siempre fértil, 
siempre caprichosa, pidiéndome guerra.