jueves, 18 de abril de 2013

Presiento que la felicidad me ha llegado tarde

Imagen obtenida en Internet


En esta desolación atroz que me consume,
fluyen pensamientos extraños que me aprisionan y atrapan.
Por eso siento que solo soy el mero espectador
de lo que me hiere, duele, da miedo o mata.

En las horas de mi soledad, en las que el silencio
me hiere con su indiferencia.
Siento el absurdo de mis deseos brincar,

hasta sobresalir con rabia y romperse en mi pecho
hasta hacerme sangre. Para morir después en mi boca
presintiendo que la felicidad me ha llegado tarde.

No existe peor penitencia que creerse humano
y estar absurdamente penando por serlo.
Ni mayor pena que la de no saber disfrutar
lo que la vida te ha estado regalando y tú, ¡tonto!
mil veces te estuviste negando el disfrutarlo.

Como dardo o flecha envenenada,
siento a mis pensamientos
atravesarme y emponzoñar el interior de mi alma.
Hasta se deleita con su sabor, agridulce y seco.
Tan odiosos son y a la vez tan obscenos,
¡que ni siquiera me defiendo!

Me giro angustiado hacia atrás y me pregunto
«sí vendrás a buscarme».
Pregunta inútil y absurda ¡Ya me encontraste!

Aun así me digo lloroso y gimiente;
«Cómo se echa de menos aquel ayer,
cuando nos perdimos los dos,
sin buscarlo, en nuestro mañana».