jueves, 25 de junio de 2015

La muerte observa al alma




Imagen obtenida de Internet


En esta lucha constante en la que vivo, 
sufro pérdida de estima, me ahuyento o escatimo 
cuanto de bien practico, vivo o justifico.

Lóbrega sombra me acompaña cuando la soledad no se me arrima.
La triste esencia se me rompe, 
hace hilachos, a trozos, roto o hecho cisco.

Mis dientes muerden con rabia el labio inferior, 
ruge mi voz y blasfema terrible
con grito desgarrador lo que apena a mi alma.

A ese dolor insoportable, siempre árido, 
seco e injustificable, que me viola el alma.
La agrede una y otra vez hasta dejarla yerta.

Me quiebra la pena, la oquedad que divide 
y me pervierte la carne. Carne salobre, 
cargada de hilachos, pelos, pieles secas y muertas,

Frío... mucho frío, 
cuando una helada mano me cubrió, 
me embadurnó la herida salobre
con su túnica... ¿túnica? 
sí, el manto frío y yermo de las justas,

con la que me abrazó y rodeó, 
conservando su perenne sonrisa descarnada 
y observándome como un hijo de las mil putas.