jueves, 23 de abril de 2015

Nuestra eterna, hermosa adicción

Imagen obtenida de Internet



Besé sus lágrimas llorando.
Las bebí, sediento de pasión.
Los dos bebimos, visionando
nuestra eterna, hermosa adicción.

Calló etérea la noche, ido
y callado el ruiseñor, bastión
incólume su abandonado
curtido e indomable corazón.

La besé sí, con vehemencia,
con lascivia y lujuria la amé.
Cerré sus ojos con conciencia.

Con caricias dulces la abrumé,
caí yo dormido, en su ciencia,
a su amor juvenil, lastimé.