viernes, 24 de octubre de 2014

Yo la herí, la culpa... fue mía


Imagen obtenida de Internet




Cada vez que presiento
que el amor se me acerca
y se me quiere adherir, lloro.
Gimo como un niño sin madre.

Sus caricias siempre son amantes
y me dan paz en cada beso,
en cada caricia de su cuerpo,
vencida sobre mi cuerpo yerto.

Inspiro dos veces, entrecortado,
me peleo, me araño,
me hiero con insultos soeces.
Todo en vano... nada me resulta más fácil
que mi muerte.

Me angustio, silenciosamente
quedo, hundido y dolorido.
Cómo la misma muerte,
tras el ocaso de su gemido.

Después... advierto su lejanía,
evaporándose su imagen en la distancia,
etérea, vacilante, herida...
y pienso un solo instante,
yo la herí, la culpa... fue mía.