miércoles, 15 de octubre de 2014

Lloré y grité... hasta quedar afónico



Me resguardé del destino
para que no me hiciera daño,
me escondí
como hacen solo los cobardes,
huyendo a trompicones
por barrancos y cañadas...
torpemente
me fui alejando hacia la nada.

Cayó de nuevo el otoño
con sus hojas amarillas
y blancas,
y me convertí
en el ermitaño
de sueños incumplidos
y aromas amargos,
siempre solo,
entre las sombras
y abrazado a su soledad nefasta.

Lloré y grité...
hasta quedar afónico,
pidiendo a gritos la muerte,
nada conseguí,
estaba solo
un grueso y fuerte corazón
seguía con su sabor amargo
latiendo en mi.

Destino cruel fue
el que sin pensarlo
se alojó a mi vida
como se habitúan las sombras
a vivir fundidas con el alma,
siempre etérea y en el lodo
del dolor y el desencanto.

¿Qué cuál es mi problema?
¿qué cuál es mi queja o pena?
tal vez si os lo contara...
ya no me pertenecería
y usted sería entonces... su única dueña.