martes, 7 de mayo de 2013

La lava ardiente era tu sangre y tus entrañas, la fuente eterna

Imagen obtenida de Internet



Temblando de orgullo suspirabas,
levantando la mirada y sin tener que decirme nada.
Tampoco yo esperé a que abrieras la boca
y te planté un beso que te dejó desconcertada,
aunque feliz y también algo asustada.

No tardaste ni un segundo en abrir tus labios
y enlazar tu lengua a la mía, que ya te desnudaba hambrienta, mientras nuestros cuerpos se enlazaban, encontraban y se amaban.

Fuego y llamas en nuestros cuerpos, ardían y quemaban.
Fundidos ambos, sofocados de deseo y calentura,
que nos decían a gritos que era del todo insoportable aquel deseo infernal.

Tu misma saltaste sobre mí y dejaste que mi miembro,
erguido y orgulloso, penetrara en aquel maravilloso volcán,
donde la lava ardiente era tu sangre, y tus entrañas,

la fuente húmeda y lujuriosa de aquel amado y anhelado manjar.